La España que recibe a León XIV es menos católica que nunca. La pérdida continuada de fieles se ha visto acompañada por un descenso de vocaciones y sacerdotes y dibuja una Iglesia más pequeña y envejecida que la que conocieron Juan Pablo II o Benedicto XVI. Sin embargo, pocas instituciones conservan hoy la capacidad de movilizar recursos, ocupar el espacio público y detener el ritmo cotidiano de una capital como todavía lo hace la Iglesia.