Vox ha convertido la confrontación en una forma de ocupar espacio político sin asumir el desgaste de la gestión. Desde esa posición, puede endurecer el discurso, alimentar la tensión ideológica y reforzar una identidad basada en la impugnación constante, una estrategia que le permite conservar perfil propio y evitar los costes de gobernar.
Aunque ahora esté valorando si entra en varios de los gobiernos autonómicos que han celebrado elecciones los últimos meses, en ese equilibrio entre influencia y distancia, el partido ha comprobado que apoyar sin entrar puede resultar más eficaz que compartir poder. Mantenerse fuera le permite condicionar decisiones, presionar a sus socios y seguir presentándose como una fuerza ajena al sistema, sin quedar atrapada en las renuncias, contradicciones y peajes que impone cualquier tarea de gobierno.
En este episodio de Hoy en EL PAÍS, Ana Fuentes habla con Ángel Munárriz, que analiza por qué VOX se ha resistido hasta hace poco a entrar en los gobiernos del PP, qué cálculo político hay detrás de esa decisión y cómo la antipolítica puede acabar premiando más la protesta que la gestión.
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